miércoles, 13 de abril de 2011

Dedícame una canción...

Con cuánto odio recuerdo el día en que me pidió que la amara por siempre. Con esos ojos dulces, negros, impacientes por escuchar promesa tan tonta y superficial. -Te amaré hoy, como si fuera mi último día de vida, pero no se qué pasará mañana. Bajó la mirada y esculcó su bolso para sacar su espejo y su delineador. Sin verme, hizo un comentario guardo en mi memoria como una valiosa lección de vida. -Pesimista, no te cuesta nada, son promesas al aire para hacerme feliz, como cuando te pedí la luna y me la regalaste; no es tan difícil. Guardó su espejo y se puso a cantar mientras me miraba con aquella sonrisa intrépida en el rostro. -Dedícame una canción y te perdono, yo debo volver a casa. Se levantó, se arregló la blusa, y se alejó no sin antes darme un beso.

Me quedé pensando en lo que me dijo por unos 5 minutos, y finalmente decidí que era momento de regresar también, ya tenía la canción en mente. Todo estaba preparado, la tocaría yo mismo, sería escrita por mí, ella lo valía. Seguí la ruta que Ana había tomado y al llegar a la avenida me detuve en seco. Era Ana, tendida en el suelo, rodeada de gente y sangre. Era Ana, con la cara contra el suelo y la ropa sucia. Era yo, escribiendo esta anécdota, escuchando en mi mente la canción que pensaba tocar para ella y que nunca nadie entenderá, pues la última estrofa es un grito de angustia en una noche como esta. Y ya todo tiene orden, y le encuentro sentido a la letra. Quiero que me entierren con ella.

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